TARARIQUETECRIS

No olvides agitar tu varita que hay un mundo que crear

¿Quieres saber por qué cuento cuentos? Esto es un rollo personal. Ya te lo digo desde el principio. Y, además, es largo. Te lo digo por si prefieres hacer otra cosa. Aunque, si te gustan las historias como a mí, puede que te guste leerlo.

Contar historias es algo que hago desde siempre.

¡Qué precoz ella!

Cuando tenía tres años, ya giraba la rueda de esos teléfonos que ahora llaman “vintage”. Yo marcaba números al azar y empezaba a hablar. Si eran frases sin sentido, mis padres me dejaban. Si, por el contrario, la conversación parecía que seguía un hilo, entonces se ponían al teléfono para disculparse con la persona que había al otro lado flipando con que una niña le invitase a comer, y le contase su vida.

Parece divertido pero… esto de contar historias no siempre me ha traído cosas buenas.

Es muy buena y mu´ lista pero es que no se calla

Durante mucho tiempo, en el cole, fue un problema. ¿Quieres saber por qué? Porque las contaba a destiempo. Las historias. Cada año yo me proponía no hablar en clase. Cada inicio de curso, comenzaba pensando: “con esta profe que no me conoce me voy a portar bien y no voy a hablar” pero no me salía. “Es muy buena”, le decían las profes a mis padres “y es mu´ lista, pero es que no se calla”. A veces probaban a ponerme al lado de alguna niña callada pero terminaba hablando ella.

La cosa es que la etiqueta de charlatana me acompañó durante mi etapa escolar y, sin ser yo demasiado consciente, hasta mucho más allá.

Antoñita la fantástica

Otra etiqueta que me ha acompañado durante mi vida es la de “Antoñita la fantástica”. Ésta me la he ganado por estar siempre ideando y comenzando proyectos que, unas veces completaba y, otras veces no.

Constantemente se me ocurrían cosas que hacer, con mis manos especialmente. Me encantaban las manualidades y coser y… por ejemplo:

Con 9 años mi madre me enseñó a tejer y me hice una diadema de ganchillo. Todas mis amigas tenían la suya. Cada una de un color.

Con doce o trece años tejí una colcha de ganchillo para la cama de mis padres. Sí, sí… Nos fuimos a la tienda del Gato Negro en la plaza mayor de Madrid y allí me compró el algodón para tejerla. No me compró un ovillo por si la dejaba a medias, no. Cuando entrábamos en el portal (imagináos yo tan contenta cargando con mi bolsa llena de hilo nuevecito) nos encontrarmos con “la Maite”, la vecina del cuarto, que era un poco aguafiestas. -¿De dónde venis? Y yo, claro, abrí la bolsa para enseñarle el tesoro que llevaba. – ¡Uy, madre! ¿pero cómo le compras todo ese hilo si se va a cansar y no la va a terminar? ¡¡¡Qué rabia me dió!!! Creo que la razón principal por la que terminé la colcha fue para subir al cuarto, llamar al timbre de “la Maite” y ver su cara. Fue maravilloso. ¡Já! ¡Toma! ¿Ves como sí?

No todas las cosas que empezaba las terminaba. Creo que lo que más me gustaba era el placer de tener ideas, más que el de materializarlas, no sé.

Soy maestra de formación

Siempre he trabajado en actividades relacionadas con la infancia porque estudié magisterio en la especialidad de educación infantil. Actividades muy variopintas porque me encantaba aprender cosas nuevas y ponerlas en práctica en el sitio donde trabajaba (masaje para bebés, estimulación temprana, matronatación, música y movimiento para la primera infancia…)

Durante varios años estuve llevando la dirección pedagógica de una escuelita infantil y trabajando en el aula con criaturas de 1 a 3 años. Después de aquella etapa acompañé a bebés en sus casas y hasta estuve un curso en casa como madre de día con 4 criaturas.

Paralelamente, como me gustaba el tema de crear cosas con mis manos, hacía cosas de ganchillo, de fieltro, juguetes… y me uní a una asociación de artesanos de Hoyo de Manzanares. Hacía cosas bonitas y las vendía (o no) en el mercadillo de artesanía. No está nada valorada la artesanía ni todas las horas de trabajo y creatividad que hay detrás.

Empecé un blog sobre crianza y maternidad, manualidades, recetas… que es este mismo que estás leyendo. Hice hasta un canal de youtube en el que publicaba cada semana y escribí un libro sobre el proceso de aprendizaje que supone la maternidad.

Cuando me preguntaban que qué hacía decía: cuido niños, doy clases de ganchillo, hago cosas de artesanía, doy talleres sobre desarrollo infantil, he escrito un libro sobre maternidad… menudo batiburrillo. Lo que yo te digo: “Antoñita la fantástica”

¿Y qué tiene que ver todo eso con contar cuentos?

Ya voy, era para que te situases.

Cuando nos encerraron en la pandemia, me inscribí a un par de cursos online para escribir cuentos que me sirvieron para darme cuenta de que contar historias siempre me había gustado y de que yo ya les contaba cuentos a mis alumnos, a mis hijos, a mi pareja y a quien se dejase pero nunca me había planteado contarlos de forma profesional.

El detonante

Un día, escuchando una conferencia de la narradora Ana Griott, yo la escuchaba hablar y hablar y hablar contando cosas interesantísimas sobre los cuentos y sobre la voz de cada narrador y de cómo cada quién va construyendo, desde su mundo interior su estilo, y entonces, un pensamiento cruzó mi mente: “Ésta es de las mías”. ¡¡¡É-S-T-A   E-S   D-E   L-A-S   M-Í-A-S!!! y empecé a llorar como una magdalena. A mi memoria empezaron a llegar las vivencias de cuando me llamaban charlatana, los castigos, mis intentos fallidos curso tras curso para no hablar y portarme bien. Los pensamientos que me decían: “Antoñita la fantástica, céntrate, hay que poner foco, no hagas tantas cosas, no está bien dispersarse”… y, de repente, todo cobró sentido.

Tenía la sensación de que el mundo de la narración era como una especie de iceberg. Que los cuentos eran la puntita, lo que se ve. Pero por debajo… por debajo se abría todo un mundo de emociones y sensaciones. Cuando yo iba a una sesión de narración oral sentía cómo el narrador me estaba contando solo a mí. Me envolvía con sus palabras y me llevaba volando donde quería y, de repente, me daba cuenta de que conmigo había más gente que no conocía de nada pero allí estábamos compartiendo risas y lágrimas. Y pensé: yo quiero hacer eso. Todavía no sé cómo, pero yo quiero hacer eso.

Inmediatamente tuve que lidiar con pensamientos como: ¿Ahora te vas a poner a contar cuentos? ¿Ésta es tu nueva ideita? ¿En serio Cris? ¿Ahora cuentos?

Cuando el alumno está preparado aparece el maestro

En este caso la maestra. La coach Gurutze Acha de Dreams for action.

Empecé a trabajar con ella de dentro hacia fuera. Pusimos el foco en mis para qués, en por qué quería hacer eso, en cuáles eran mis habilidades y mis deseos, y cuando yo le decía: “¿pero cómo me voy a poner a contar cuentos ahora?” ella me dirigía la vista hacia todo lo que sí tenía. Todo lo que sí era. Vamos a partir de lo que SÍ HAY no de lo que falta me decía.

Y me recomendó empezar a contar en cualquier ocasión que se me presentase para ver qué me pasaba a mí por dentro y qué sentía yo que pasaba fuera y fue verdaderamente mágico.

Como una pista de aterrizaje

Lo que pasó fue que sentí con una claridad increíble que ahí era donde yo quería estar. Era como ir en un avión de noche y ver debajo una pista de aterrizaje completamente iluminada. No veía lo que había alrededor, no veía dónde terminaba, ni cómo iba a ser aquello pero la pista, la pista la veía clarísimamente con flechas que me decían: ¡Cris, es por aquí! ¡Por aquííííííííi Criiiiiiiis! y eso hice, seguir la pista iluminada.

Empecé a formarme y seguí atreviéndome a contar y descubrí que tenía más herramientas de las que pensaba. Que toda mi experiencia en las aulas, en las actividades que había hecho con la infancia durante más de 30 años de profesión me acompañaban y me servían.

Un día, me apunté a un maratón de cuentos en Paracuellos de Jarama y allí conocí a Concha Real que me habló de la Asociación de narración oral de Madrid y de la Ronda de los cuentos y me apunté a todo y fui conociendo a gente maravillosa que ama su profesión y me fui enamorando cada vez más de todo este mundo.

Hice algunas formaciones con narradores como la copa de un pino (como Estrella Ortiz, Pep Bruno, Hérctor Urién, Carolina Rueda o Félix Albo) que me transmitieron su pasión y herramientas muy valiosas.

Lanzarse aunque de miedo

Y, a la vez, preparé un pequeño dosier y empecé a enviarlo a las bibliotecas con todo el amor y respeto a esta profesión y me fueron saliendo sesiones de cuentos y… fui, muerta de miedo, pero fuí y descubrí que me sentía de maravilla y que, al terminar se me acercaban papás, mamás, abuelitas, niños y niñas para decirme que les había gustado y que habían sentido algo especial.

Y aquí estoy. Sigo formándome, aprendiendo, disfrutando. Sigo dejándome llevar por la intuición y lo que me pide el corazón. Poniendo en cada sesión lo mejor que tengo en cada momento porque ya lo dijo Machado: “Caminante no hay camino… se hace camino al andar.. Y, a veces acojona sí, pero es tan apasionante….

Y por eso cuento cuentos.

Y ¿sabes qué?

Tengo una sesión de adultos que se llama “Desde mi acantilado” en la que cuento que de pequeña, me llamaban charlatana y la llevo de aquí para allá y, en vez de castigarme por hablar, me aplauden al final.

Si has llegado hasta aquí eres de las que, como a mí, le gustan las historias. Gracias por escuchar.